súbito

 El arte es un rayo que cae en el patio del fondo de tu casa mientras vos estas durmiendo la siesta en la piecita de atrás . Es una conmoción. No tiene casi explicación, solamente te permite vislumbrar que vos también podés hacer algo que conmocione como ese rayo. “
                                                                                                                                                                   Cortázar

 El otro día estaba en la piecita de atrás durmiendo la siesta, soñaba con la quinta sinfonía de Beethoven cuando hubo un rayo y el despertar repentino que produjeron cuatro golpes secos a mi puerta: el destino en persona vino a interrumpirme la siesta.

 Tuvo una máscara plateada y un sobre lacrado que llegué a visualizar sin remitente, pero el destino amigos… el destino siempre es severo. nunca es un amigo que viene a matear, no es el lechero, no es tu sobrina en bicicleta. Es una carta inesperada, un sobre sellado en la siesta eterna de los tiempos.

 Me vi desde mi piecita humilde todavía en calzoncillos sin saber que decirle, me sentí pequeño. Lo hice pasar mientras el destino me miraba de frente, inmóvil. Desplegó una carta de papel arrugado y textura amarillenta “Dictamen: su destino es ser un hombre creador” Firma: el destino, karma, zen, dios, Juan, A 11, Net.

Traté de imaginarme cumpliendo aquél mensaje del destino pero no pude. Su máscara inmunda me transmitía un aire de reprobación de otra época, una grandeza intimidante que no combinaba e nada con mi humilde piecita.

 El destino traía su aire de teatros y sinfonías suntuosas vistiendo telas caras de seda, y yo en mi presente veía la pava sobre el calentador, una soga con ropa colgando, la cama revuelta, una media en el suelo, un pan roñoso con un cuchillo clavado a medio comer… de súbito tuve una imagen.

 Recordé un rayo, observé mi mano en el brillo fugaz del filo del cuchillo tramontina… recordé mi carácter y el mal humor con que me despierto de la siesta. Me puse la otra chancleta y di dos pasos hasta la mesa, miré el destino sentado en la sillita de mi pieza y me acerqué altivo, lo tomé por el maxilar con la mano izquierda y con la derecha alcé el cuchillo

destino sin nombre ni cara, a mí nadie me despierta de la siesta ¿soy claro?

Miré fijo los ojos vacíos de aquel destino absurdo y me parecieron sólo una mueca funesta, una máscara grotesca y lamentable que ahora chorreaba una sangre espesa desde el cuello.

 El destino no dijo nada ni opuso la menor resistencia. No se movió casi, excepto por un pequeñísimo sacudón al apagarse.

 El destino no se conmueve. El destino no se conmociona. El destino muere amable a la primer puñalada, sin embargo la nota aquella que dejó sobre la mesa del pan a medio comer aparece constantemente en mi buzón todo los días, aunque me empeñe en tirarla una y otra vez a la basura.

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