primera noche en Valencia

Primera noche en Valencia. Y digo primera noche porque a pesar de que había pasado otras tantas noches, todas habían sido en lo de mi hermana, en un pueblo aburrido llamado Paiporta a varios kilómetros del centro. Todas las noches habían sido en un ambiente familiar, tranquilo, sin música ni chicas lindas ni delirios ni alcohol.

En las ciudades Europeas no es como acá que los colectivos andan durante toda la noche: allá no sólo no andan más que hasta las diez de la noche sino que además casi nadie los utiliza, todos tienen y se mueven en auto. Entonces si uno, por ejemplo, con 20 años desaforados recién cumplidos, está en Valencia, no tiene auto ni registro, ni el dineral para un taxi en euros, y vive a 20 km de donde de verdad puede llegar a pasar algo divertido a la noche, no tendrá más remedio que salir y pasarla muy bien porque recién podrá regresar a casa a las 7 am con el primer Metro.

Era de tardecita y volvíamos de trabajar, quién sabe de donde. Veníamos charlando de salidas nocturnas y de lugares para ir y mi cuñado decía que de joven cuando vivía en Mar del Plata le encantaba salir a bailar solo y que fueron de las veces que mejor se lo pasó. Yo venía dudando internamente si bajarme del auto o no, tentado con la idea de ver que pintaba por ahí en el centro de la ciudad… hasta que de repente decido ejectarme del asiento (obligándome pues si lo pensaba dos veces no me animaría a bajar) y recorrer la noche sólo.

Luego de una despedida rápida crucé el Punt da Fusta adentrándome por calles que no conocía, preguntando por el barrio del Carmen, dispuesto a lo que fuera. Bah, en realidad no estaba dispuesto a “lo que fuera”, sino que quería algo puntual: hablar con alguien, hacerme un amigo, y contarle lo distinto y raro que resultaba todo para úno que viene desde tan lejos, de otro país llamado Argentina. Estaba ávido de conversar, conocer músicas, empaparme de toda esa otra cultura y esos otros modos tan raros de hablar. Pero no tenía idea de para qué lado salir disparado en un sitio tan desconocido, y tampoco es tan fácil entender lo que hablan los Valencianos. Verdaderamente el castellano de España es otro idioma al principio, con sus “mola mogollón, tío, que flipe, jolines “y todo esa jerga… y no es sólo no captar el significado de las palabras sino no estar seguro de si una expresión corresponde a algo positivo o negativo; no entender qué causa gracia y qué no, o si acaso están siendo irónicos. Es convertirse en un bicho muy raro muy repentinamente, teniendo justificar y explicar los actos que hasta el día anterior eran de lo más común y corriente.

Pero yo solo quería hablar con alguien – y que fuese chica, por todos los cielos – Procuré mis medios: compré cerveza, y al modo que pude hachís. El Hachís vendría a ser un equivalente a la marihuana que se fuma acá. Así fue mi estar listo.

En el camino de conseguir estas cosas se me pegó un Andaluz bastante extrovertido, muy tonto pero verborrágico, dado hacia afuera, casi Argentino; solo le faltaba la elegancia y el buen gusto.

Pasaban las horas mientras iba superando mi temor inicial: había logrado no sólo bajar del auto, sino incluso estar ahora pasándola bien. La noche resultaba pintoresca y tenía también aunque mal no fuera, alguien con quien intercambiar algunas impresiones.

Al rato empecé a notar que el andaluz era realmente muy tarambana y más bien alejaba en vez de acercar cualquier presencia interesante que anduviera cerca. Intervenía en las conversaciones que yo procuraba con gente al pasar, diciendo estupideces y arruinándolo todo en cuestión de segundos.

Llegué a un pub llamado Radio Studio que está siguiendo por la calle diagonal a esa pequeña replaza rodeada de bares en que se junta todo el mundo a tomar cerveza y charlar. Entro. Está oscuro, hay buena música y no hay humo. Allí hablo con dos chicas. Una, que se llama Ariana, me dice que yo ya la había visto antes en la calle y no me cree cuando le digo que ni idea (aunque es totalmente probable que la haya mirado antes, eso no necesariamente guarda alguna relación con el hecho de que ahora le esté hablando). Bailamos.

Como bailo muy mal me inclino más por hablar y hablar sin parar, y así evitar repetir el único pasito que más o menos coordino y no quedar en evidencia tan rápido. Intento ser amable también con Rebeca, su amiga, pero ella está muy seria, cada vez que puede observa a Ariana con cara de amargada. Creo que quiere irse. Días más tarde la cruzaré entrando a un congreso de filología y será simpática, pero ahora no.

Entonces no sé que le habré dicho a Ariana pero nos empezamos a dar unos besos largos. Supongo que la emocioné, o le causé gracia, vaya a saber qué… de vez en cuando miraba a su amiga a la que el Andaluz le hablaba a los gritos y sin la menor gracia. Entonces él se fue. Se marchó con el hachís que habíamos comprado a medias pero no me importó demasiado.

Seguí hablando y hablando, mi cabeza daba vueltas. Estaba consiguiendo absolutamente lo que quería de la noche en mi cabeza. Me sonaban muchísimas canciones por dentro y las letras adquirían un sentido de clarividencia total, todo era como en una película: las sensaciones eran de mucha extrañeza, pensaba en los bares con amigos en Olivos, pensaba en Oliveira y la Maga deambulando por París, pensaba en otros lugares y otros cielos con reflejos de techos de zinc; recordé a mi perra Frida corriendo el camión de la basura en Bs As y ladrándole como loca al basurero para que no se llevara las bolsas, “sus” bolsas; pensé en Rubiecita y Mati fumados toda la tarde en ese departamento apodado “base de operaciones”, pensé en ese río Marrón y en todas las vueltas dadas antes de llegara acá, pensé en cómo iba a registrar todo en eso en el cuaderno negro con la foto de mi oreja fotocopiada en el kiosko del papá de Mati, en dar cuenta de las sutiles diferencias como que acá no haya kioscos, o que los cigarrillos que más se fumen se llamen “Fortuna” o Luky strike” pero pronunciados exactamente así luquistrique, del mismo modo que tuperguare o sieteup

Ariana era del tipo que odia a los Argentinos.

En España hay dos clases de mujeres: las que escuchan hablar a un Argentinos y se derriten, se encantan con las palabras que usamos para expresarnos, se enamoran de nuestra tonada. Y están las que no. Las que por el contrario no creen que hablamos así naturalmente y piensan que todo es una impostura, y entonces les resultamos “plastas” “salameros de aquéllos”, aduladores… gilipollas”. A estas últimas pertenecía Ariana.

Le molestaba el chamuyo y no estaba en su sistema comprender que uno lo necesita, que no puede ser todo llano y “hola, que tal, me gustás, te gusto, ¿foyamos” sino que debe producirse necesariamente un encuentro de otra índole. Tiene que haber dobles sentidos, implícitos, sugerencias… pero bueno… Ariana me había dicho que el beso fue porque le parecí lindo y que a ella no hacía falta que “le hiciera el cuento”.

Besaba encantadoramente, supongo que tenía cierto arte o mucha práctica, se replegaba muy bien para ser acaparada a todo lo largo de su cuerpo, tenía un cuello estupendo, y era muy femenina en sus movimientos. No había choques, ni movimientos torpes producto de la timidez, ella sabía perfectamente lo que quería y cómo conseguir que el otro se lo diera sin tener que pedirlo. En contraste su personalidad era fuerte, dominante, áspera, justamente al revés de la seda que era besando.

Me dijo que se iba.

No me iba a quedar sólo allí así que con la excusa de fumar y tomar aire salí y empezamos a caminar los tres. La noche Valenciana era de pronto amigable, estaba en un lugar hermoso, en compañía de dos mujeres, rumbo a quien sabe donde. No estaba mal.

Rebeca se despidió a las cinco o seis cuadras y Ariana siguió caminando. La seguí. Avancé a cada cada cuadra dosificando los temas de conversación que se me iban agotando y en todo momento preguntándome a donde iría cuando ella llegase a su casa y yo tuviese que irme a dar vueltas solo por ahí a esperar que se hagan las siete y salga el primer metro para regresar a Paiporta.

Entonces vinieron unos besos en un portal que poco a poco se iría abriendo mostrandome el primer palier de edificio ajeno que vería en Valencia. La pesada puerta de hoja doble

descubría un corredor que traspuse como quien entra al edén, a un edén algo impersonal y con un ascensor al fondo. Me sentí Marco Polo entrando a ciudad prohibida, escuchando mis pasos resonar tímidamente en aquel hall de piso blanco y negro a cuadros.

Era una noche más para Valencia pero la primera para mí. Vería verdaderamente las cosas por dentro, desde otra óptica, no por la mirilla de la puerta. Avanzaba indudablemente hacia algo, hacia tiempos nuevos, hacia chicas que ya no vivían con sus padres o abuelas.

Una vez arriba atravesé un pasillo larguísimo de un departamento muy amplio, con un living que adiviné señorial en la obscuridad (Ariana no quiso prender las luces) con muebles grandes de estilo clásico. Me intrigaba un poco el departamento por dentro, hubiese querido detenerme a inventariar todo, pero Ariana siguió avanzando hasta que abrió una puerta y me llamó.

La habitación de ella tenía una gran cama de dos plazas, un placard, cremas, pañuelos y aritos por todos lados una cómoda con un gran espejo, ropa por todos lados y una ventana que desde el fondo dejaba pasar la luz tenue de la noche.

Se sacó las medias semicelestes estampadas que tenía por debajo de la pollera y se desvistió sola con total libertad. Me sorprendió. Hubiese querido más pausas pero se quitó todo tirándose en la cama calculo que del mismo modo que lo haría cuando estaba sola mirando la tele.

Puso música de Manolo García en un reproductor dvd que iluminó la habitación con una luz azul que vino muy bien y empezó a preparar un porro. Pude ver en detenimiento un gesto que había visto antes en varias personas a lo largo de la noche sin acabar de entender del todo. Le pregunté y me explicó con cierto desdén: el hachís no se puede fumar solo, hay que mezclarlo con tabaco sí o sí, no hay otra, es una piedrita arenosa del color del chocolate que hay que quemar para que se dehaga en forma de polvo y luego agregarle al cigarro ya deshecho. Ariana en la parte final les dejaba el filtro y también tabaco puro sin mezclar para apagarlo después como un pucho sin desperdiciar nada.

Ella estaba desnuda y a gusto, pero yo no. Habituado, cuando por fin se me daban este tipo de situaciones, a un trato más cariñoso, a tumbarme con ropa y todo sobre la chica en cuestión para irnos desvistiendo poco a poco y mutuamente. Ariana cambió las reglas.

Me acerqué prolijamente a su cama como pidiéndole auxilio para sacarme el pantalón. Miró y me dijo: “- ¿no sabes desabrocharte solo?” mientras, ponía su mano sobre el primer botón y comenzaba.

Me había dicho que vivía con sus padres y que no hiciera ruido. Verdaderamente parecía una casa de familia por lo que alcancé a ver del pasillo y los muebles.

El edredón de su cama era muy suave y no usaba la sábana de arriba porque según me dijo

así se usaba para que abrigue más, y ciertamente la suya tenía una temperatura que no conseguí luego en una cama jamás.

Dando la primera pitada fui a la ventana y caí de pronto en la cuenta: Vi por primera vez la plaza central del ayuntamiento, iluminada y solitaria allí abajo, fotogénica.

De repente estaba muy arriba de mi alma, estaba volando… estaba altísimo o no, pero sentía vértigo. Había cumplido todas las expectativas que podía tener un viajero veinteañero como yo en España – estás en lo de una chica linda de ojos verdes, con lunar debajo del labio, delgada, morocha, de pelo carré, piel tersa color oro y era mentira que las Europeas no se depilan- te das cuenta – estás escuchando música que no conocés ni escuchaste nunca…ahora sí, vas a volver a lo de tu hermana con el primer metro de las 7 habiéndola pasado muy bien, genial, vas a tener algo que contar cuando te pregunten sin tener que inventar nada –

Cierto, las estaba pasando muy bien, demasiado bien, incluso tan bien que mi cabeza se disoció pelín de mi cuerpo y siguió hablando sola allá arriba… luego como que no respondió cuando la llamé para que me ayudara con esta chica y ni me hizo caso cuando le dije “hay que actuar”

…tal vez no resistió tantas emociones, pero igual no me importó… después de todo, era lo primero que salía a medias, el resto estuvo bien, muy bien para mi gusto.

Si hubiese tenido más me hubiese asustado o no me lo hubiese creído.

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