pollos

 

El galpón era enorme, tendría unos 500 metros por 500 de longitud. Allí mataban pollos. Se encargarían de criarlos en pequeños cubículos desde su nacimiento hasta que mueran. El único movimiento que podrán hacer se limitará a estirar tristemente su cuello en dirección a la comida. De por vida. Ni siquiera podrán desplegar sus alas de pollo, eso sólo lo harían una sola vez en la vida un rato antes de su muerte. Ella trabaja guiando la manguera en el depósito de almacenamientos. Esto es un lugar con unos 100 pasillos de hileras de cajones con pollos.

Para que lo entiendan, el sector se asemeja a los archivos de una gran biblioteca vieja: estantes y cajones desde el piso hasta el techo, simétricamente dispuestos…cajones y más cajones, y así hasta donde llegue la vista pero en cada uno de esos cajones habrá archivados a razón de 10 pollos vivos en cada cubículo.

Tsun Su se encarga de dirigir la manguera. Su labor consiste únicamente en apuntarle a un cajón, previamente abierto por otra operaria, con el pico de aquella manguera grande y pesada. La máquina escupe unos 80 pollos por minuto con sólo accionar un botón. Cuando hubieren puesto 10 pollos por cajón lo cerrarán bruscamente para que no escapen y continuaran con el de al lado. Así sucesivamente durante 9 horas. De allí, los pollos pasarán a desplume y faena.

El galpón es enorme con un solo tono muy blanco y gris en toda la visual: la manguera es blanca, los cajones son blancos, el suelo es gris, y ella (al igual que todos los cientos de operarios) viste un delantal muy blanco con barbijo y un nailon blanco en el cabello. Su piel es también muy blanca.

No siente ninguna lástima. Hace tiempo que Tsun Su aprendió a separar lo que siente y piensa de aquella otra forma mecánica de cumplir con su tarea diaria. No siente ninguna absolutamente ninguna emoción, y hace ya años que durante 9 horas corridas (con dos descansos de unos minutos) trabaja guardando pollos en un cajón. O acomodando a los revoltosos que quieran escapar y luego cerrando y abriendo tiras enteras de cajones. Nunca acabará, siempre habrá más pollos y más cajones por delante; siempre mucho trabajo y siempre muchas horas y todo es siempre igual.

Tal vez sólo cuando se jubile sus diez horas diarias cambien, o tal vez algún golpe de suerte o tragedia, pues no existen operarios que hayan resistido más de un par de años en la empresa.

Tsun Su es uno de los tantos engranajes más del imperio del tiempo. Eficiente, veloz, dócil. No está bien visto hablar en el lugar de trabajo y a ella no le gusta hablar. No llega tarde, no se queja. No molesta.

Aquel día le dolía mucho la cabeza.

Lo blanco del lugar le molestaba más que de costumbre, pues reflejaba la luz blanca de los tubos fluorescentes y esto le causaba más dolor de cabeza.

Iría por los 900 o 1000 pollos cuando de golpe lo vio. Alzó la cabeza.

Él venía caminando desde los pasillos de la otra sección. Era el único que vestía ropa de verdad y tuvo un jean negro que le calmó la vista. Se acercaba con pasos largos y decididos. Notó en esa caminada algo (no sé bien qué) y supo al instante por qué venía. Era increíble. Era terriblemente poético, era como si un rapto de música hubiese entrado por la ventana y en vez de ser engranajes matando y organizando pollos cada operario fuera parte de una hermosa coreografía.

Ese día Ho Ming entró de negro caminando a la fábrica de pollos donde trabajaba Tsun Su, su novia, abriendo a su paso cada uno de los cajones que se cruzaron a lo largo de su camino.

La blanca y metódica sección de almacenamiento se pobló de una inmensa danza amarilla de plumas en cuestión de instantes.

Los pollos se desplegaban por el aire en un vuelo corto y rabioso y el alegre amarillo eclipsó el odioso blanco del lugar. Cada vez más. Chorros y chorros de plumas amarillas. Infinitas líneas de color y vida.

Ho Ming, vestido de negro, desaparecía por momentos de la vista de su novia entre las plumas que iban colmándolos de adrenalina.

Ella sintió el olor en el aire, un olor que no olvidaría jamás.

El rostro de su novio apareció de repente de entre una nube de pollos inmediatamente frente a ella. Le bajó el barbijo con el ímpetu de quien da un portazo, pero al revés.

Se besaron mientras ella flameó su pelo negro y lacio y aquél nailon que lo cubría flotó entre los pollos escandalosos. Avanzaron de la mano abriendo a su paso todos los cajones que pudieron.

Por vez primera aquél galpón desolado de China fue distinto

A lo lejos, desde un primer piso, un hombre viejo de traje se da vuelta de su escritorio para contemplar la escena. Se queda un rato mirando. Ríe irónicamente. Es el dueño del matadero. Imagina que 10 minutos más tarde todo volverá a estar en su lugar. Que se restablecerá el ritmo de la producción, a mayor velocidad seguramente, para compensar la pérdida que esa fuga de pollos representó para la empresa.

Mientras tanto ríe en lo alto y se mofa interiormente de la infantilidad de esos empleados.

Ni siquiera se acordará de cuando era chico y soñaba seguido con eso que ahora estaba viendo. Ni la fuerza desigual con que su padre le heredó su empresa y riqueza. Pensó en aquellas fatalidades que no se pueden detener.

Los jóvenes no lo ven. También ríen pero su risa es distinta. Muy distinta.

No pueden detenerse y no saben porqué. Tampoco lo piensan demasiado.

Quedan pocas cosas. Queda poco tiempo. Sólo eso.

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