SÚPER BREVES

Un gato en un piso vacío

De Wislowa Zsrmbonska

Morir, eso no se le hace a un gato.

Porque qué puede hacer un gato

en un piso vacío.

Trepar por las paredes.

Restregarse entre los muebles.

Parece que nada ha cambiado

y, sin embargo, ha cambiado.

Que nada se ha movido,

pero está descolocado.

Y por la noche la lámpara ya no se enciende.
Se oyen pasos en la escalera,

pero no son ésos.

La mano que pone el pescado en el plato

tampoco es aquella que lo ponía.

 

Hay algo aquí que no empieza

a la hora de siempre.

Hay algo que no ocurre

como debería.

Aquí había alguien que estaba y estaba,

que de repente se fue

e insistentemente no está.

 

Se ha buscado en todos los armarios.

Se ha recorrido la estantería.

Se ha husmeado debajo de la alfombra y se ha mirado.

Incluso se ha roto la prohibición

y se han desparramado los papeles.

Qué más se puede hacer.

Dormir y esperar.

 

Ya verá cuando regrese,

ya verá cuando aparezca.

Se va a enterar

de que eso no se le puede hacer a un gato.

Irá hacia él

como si no quisiera,

despacito,

con las patas muy ofendidas.

Y nada de saltos ni maullidos al principio.

CARL

por Kjell Askildsen

Cuando mi mujer todavía vivía, creía que cuando ella muriera yo tendría más espacio para mí. Sólo su ropa interior ocupa tres cajones de la cómoda, pensaba. Cuando muriera, podría ocuparlos yo, uno con mis monedas de cobre, otro con las cajas de cerillas, y el tercero con los corchos. Tal y como está ahora, pensaba, es un caos total.

Mi mujer murió hace ya mucho. Era una mujer exigente, que descanseen paz, por fin me la concedió a mí. Vacié los cajones, las estanterías y los armarios. Retiré todo lo que había sido suyo y gané mucho espacio libre, más de lo que necesitaba. Pero lo vacío, vacío está. Me deshice de un par de armarios, pero sólo conseguí una habitación más vacía, en lugar de dos armarios vacíos. Fue una imprudencia por mi parte, pero ocurrió, como ya he dicho, hace mucho tiempo, y yo era mucho más joven entonces.

Pues bien, semanas o tal vez meses después de haber cometido esa imprudente ampliación del vacío de mi cuarto, recibí la sorprendente visita de mi segundo hijo, Carl. Venía por un chal de su madre, un chal —que por lo visto tenía pensado regalarle a su mujer como recuerdo de su infancia. Cuando supo que me había deshecho de él, montó en cólera. «¿Para ti no hay nada sagrado?», me gritó. Y eso lo decía él, que es un hombre de negocios y vive de la compraventa. Me entraron ganas de interrumpirlo, pero me contuve, al fin y al cabo soy en parte responsable de su existencia. «¿Qué tenía de especial ese chal?», pregunté en tono conciliador. «Mamá lo hizo a ganchillo mientras me estaba esperando. Le tenía un cariño especial». «Comprendo, el chal nació contigo. ¿Eras acaso su hijo preferido?». «Da la casualidad de que sí». «Ah, no, de casualidad nada», contesté, estaba empezando a perder la paciencia. Es su vivo retrato, y, como ella, incapaz de descubrir las leyes naturales de la existencia. «Bueno, el chal se ha perdido y no se puede recuperar —dije—, tendrás que consolarte pensando que sólo lo perdido se posee eternamente, como dice el poeta». Desde luego, es una afirmación bastante tonta, pero pensé que le gustaría. Me equivoqué, me había olvidado por un instante de que él es un hombre de negocios. Dio un paso amenazador hacia mí, soltó una furiosa pero aburrida retahíla sobre mi insensibilidad, y concluyó diciendo que algunas veces no entendía que yo fuera su padre. «Tu madre era una mujer honrada», contesté, pero él no captó el sentido de mis palabras. ¿Cómo he podido tener unos hijos tan duros de mollera? «No necesitas recordármelo», me dijo. Se fue poniendo cada vez más rojo, de pronto se me ocurrió que tal vez padeciera del corazón, al fin y al cabo había cumplido ya sesenta años, y con el fin de evitar una desgracia, le dije que sentía lo del chal y que si hubiera venido antes, habría podido llevarse todo lo que había pertenecido a su madre. Sigo pensando que lo dije en un tono muy conciliador, pero él se puso aún más rojo. «¿No querrás decir que lo has tirado todo?», gritó. «Todo», respondí. «Pero ¿por qué?». No quise contestarle, así que dije: «Tú nunca lo entenderías». «Pero qué falta de humanidad». «Al contrario. Lo hice como resultado de una decisión bien meditada, y esa manera de actuar, por así decirlo, es lo único que nos hace específicamente humanos».

Fue por mi parte un puro sofisma, claro, pero él no pareció escuchar mis palabras. «Entonces no tengo nada que hacer en esta casa», gritó. Había adquirido la costumbre de gritar, lo que tal vez indicara que su mujer se estaba quedando sorda. Yo, por mi parte, oigo muy bien, lo cual a veces resulta molesto. Algunos sonidos son mucho más fuertes que lo que eran; además, han aparecido otros nuevos, tales como el martillo neumático y cosas semejantes. Así que no me importaría estar un poco sordo. «Oigo lo que dices —dije—, pero no veo que tenga solución». Entonces se marchó por fin, ya era hora, porque si no yo podría haber perdido la paciencia. Lo cierto es que tengo más paciencia ahora que antes, supongo que se debe a la edad, pues los viejos tenemos que soportar mucho.

OGROS 

por Mariano Perez Gallardo

Todos saben que los ogros viven adentro de un limón.
No es que no existan sino que nadie los ve porque viven allí.
Solo un encantamiento hará que salgan de su casa, y consiste en tomar una semilla de ese limonero y bañarla con una lágrima y agua de cierto estanque.
Todos lo saben y ponen mucho cuidado en no sacarlos de allí, al fin y al cabo estamos bien sin ellos y no sabemos lo que sucedería si vienen a nuestras ciudades, a nuestros subtes llenos, a mandarnos mensajes de texto, a usar nuestras plazas, a caminar por la sombra, a sesionar en diputados, a apostar en las carreras, a darles de comer a las palomas de la plaza de mayo, a fabricar mayonesa, a bailar en nuestras discotecas de moda con nuestra ropa de moda la música de moda, a competir en el mercado laboral, a sellarnos la renovación del pasaporte, a conducir nuestros noticieros y colectivos, a regar nuestros ríos con los mismos excrementos, a jugar en primera, a debatir en los foros de internét y abrir cuentas en las redes sociales, a hacer nuestras colas para cobrar la jubilación, a educar a nuestros hijos, a actuar en películas, a chocar nuestros trenes, a usar nuestras joyas y comer nuestra pasta. Así estamos muy bien. Y por eso nadie despierta a los ogros que viven adentro de ese limón.

Mientras tanto un señor que desconocía esos asuntos buscaba limón para su almuerzo. Nada sabía pues recién despertaba luego de varias décadas congelado.
Va al limonero del jardín de su mansión y arranca un limón, lo huele, lo acaricia. Ordena a su cocinera que fría uno de esos filetes de pollo apanados (también congelados) y se lo sirva en la mesa junto con una copa de agua. Walt Disney solo toma agua.
Corta el limón y aprieta un gajo hasta hacer brotar el jugo, que justo antes de caer sobre la milanesa estallará tambien un chorrito certero en su ojo izquierdo. Le arde, una lágrima espesa corre ácida y salada por la mejilla de Walt que toma la copa de agua (también con su mano izquierda) mientras que con la derecha exprime el resto del limón en el líquido. Bebe pacientemente. La lágrima de su mejilla rueda hacia el vaso que automáticamente comienza a ebullicionar. Walt se queda atónito, no sabe si lo que ve es el sueño de su criogénesis o si está despierto y es real que ogros y más ogros salen despedidos de su vaso.
Millones. Como pequeños bichitos que se van agrandando al hacer un par de pasos y corren por la casa, rompen muebles, chapotean en la piscina,se dispersan por las avenidas, rompen las vitrinas de los locales, orinan y defecan en público arrojando sus excrementos por el aire. Mientras los Ogros siguen saliendo de a miles por el vaso que todavía está arriba de la mesa, tres de ellos toman prisionero al viejo Walt, lo atan, lo violan por las orejas, rompen sus libros color pastel, y dominan al mundo en cuestión de días.
Podría decirse que gracias a Disney los Ogros recuperaron el mundo.

 

 

 

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